Todos los días salía apurado de mi casa.
La rutina era casi siempre la misma:
Despertarme cansado,
bajar las escaleras
sacar un plato, los cereales, el yogurt.
Comer,
viendo un video o un capítulo de alguna serie.
Dejar el plato con agua en el lavaplatos.
Sentarme en el baño, dejar el agua corriendo.
Revisar mi celular,
desnudarme,
ducharme.
Darme cuenta que estaba atrasado,
y volar por la puerta con la mochila las carpetas el celular las llaves
-conchesumadre la plata, no traje la plata-
devolverme sacar la plata partir corriendo,
-tengo que pillar la micro si no son 15 minutos más
por la cresta siempre lo mismo-
abría el portón, pasaba frente a las casas,
escuchaba a los perros ladrar.
Los vecinos recién levantándose
y una voz dulce pero juguetona
que me decía a la salida del pasaje:
Don Juanito, ¡Tan apura'o que va!
¿Por que no se detiene a oler las rosas?
¡Tan bonitas que están!
Siempre de aquí pa allá
con su trabajo, con sus cosas.
Pare y huela las rosas,
¡tan bien que le hará!
La señora Carmen, en su bata
salía a regar en la mañana
con su particular saludo, mentiría
si dijera que sonrisas no encontraba
pero también mentiría
si afirmara que no me molestaba.
Yo y mi constante tormenta,
íbamos y veníamos.
Y cuando la tormenta venía,
era como si todo estuviese en mi camino.
¡No era descortés!
Siempre la saludaba.
Le preguntaba como estaba
y me iba después.
Pero la señora Carmen no daba pie ni descanso.
No aflojaba
en su intento futil de hacerme parar.
Era bien perseverante la señora,
como que me quería ojear:
Don Juanito, ¡tan apura'o que va!
¿Por qué no se detiene a oler las rosas?
¡Tan bonitas que están!
¿Por qué tanto apuro? ¿Cuál es el afán?
¿Será una chiquilla buena moza?
Tráigala a oler las rosas,
¡tan bien que les hará!
Su particular saludo ese día me sorprendió.
'en efecto señora Carmen'
le dije al pasar
'estoy conociendo a una chiquilla
arrégleme el cuello y la corbata,
¡y el resto al azar!'
Y el azar me miró a los ojos
y, bueno, la chiquilla también.
¿Será bruja la señora?
¿Habrá adivinado?
¿Me habrá cargado los dados
ese día, otrora?
Pasaron los días, los meses.
Todo en un gran torbellino
(cuéntate una nueva).
La chiquilla y yo nos casamos,
y la señora Carmen nos felicitó.
Y la vida siguió como siempre,
solo que con compañía.
Don Juanito, ¡tan apura'o que va!
¿Por qué no se detiene a oler las rosas?
¡Tan bonitas que están!
Su señora lo quiere harto pa aguantar su tatatán.
Quiéranse bonito y así no afloja.
Vengan a oler las rosas,
¡tan bien que les hará!
Me reí de su particular saludo,
pero solo asentí y seguí marchando.
De reojo la vi contrita
y le mandé un '¡cuídese señora carmen!'
para ojalá pronto,
afloje el tiempo,
se alargue el día,
y aceptar su oferta.
Pero la vida es triste
y las cosas pasan
la muerte llega
y se me rompió el alma.
Me quedé dormido en la pega
-el trabajo me tenía ahorcado-
y en el sueño la oí de nuevo;
le cantaba a mi alma.
Don Juanito, ¡tan apura'o que va!
¿Por qué no se detuvo a oler las rosas?
¡Tan bonitas que están!
Sea bueno en lo que queda que a mi ya se me va.
Y si por mi usted solloza,
vaya a oler las rosas,
¡tan bien que le hará!
Me despertaron porque estaba llorando
no le di importancia, culpé al estrés.
Mas cuando llegué al pasaje
de su fallecimiento me enteré.
La señora Carmen ya no estaba en la tierra,
se fue a encontrar con su Tito.
¡Ojalá tenga un jardín infinito!
Ojalá de donde esté nos vea.
En su funeral la despedimos con rosas,
esparcimos los pétalos sobre su cajón.
En su bóveda rosas hasta el portón,
y su familia toda vestida de rosas.
Fue una linda ceremonia, la querían harto
del pasaje, de su escuela, de sus trabajos,
de la iglesia, del círculo de adultos mayores;
se notaba que había sido buena en todas.
Pero cuando volví al pasaje, no aguanté.
Rompí en llanto
y me detuve a oler las rosas.
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