sábado, 21 de mayo de 2022

Habitaciones, 1

 Abrí los ojos y me senté. Con mi mano hábil sentí el piso de alfombra frío bajo mí y me di cuenta de que aún llevaba puesta toda mi ropa del día. En frente, la total obscuridad. Pasé mi mano frente a mi cara y llegué a dudar de mis párpados abiertos de par en par. Llevé nuevamente mis manos al piso y las moví en semicírculos a mi alrededor hasta que sintieron eventualmente la costura abierta de la alfombra que se encontraba a mi lado. Rasgué un poco del suelo y comprobé que de éste emanaba el tan particular olor a pegamento viejo que inundaba el lugar en donde estaba. Aún conservaba bastante pegajosidad, de hecho se sentía casi fresco, mas con un dejo añejo. De súbito, escucho que alguien en otra habitación acciona un interruptor; esto provoca que las luces fluorescentes del techo se encendieran con un conjunto de clicks muy particulares. Se notaba la edad de dichas fixturas ya que tardaron un buen rato en encender, parpadeando varias veces, hasta entonar todas una misma frecuencia. "Doscientos veinte herzios" dije para mis adentros, ya que sabía de memoria la frecuencia a la que resonaban esas malditas luces de oficina. Sin siquiera alcanzar a terminar este pensamiento, escucho pasos alejándose rápidamente desde la misma dirección en la que escuché la acción del interruptor. Sonó casi como una persona corriendo. Es más, sonaban con el peso y la cadencia exactos con las que escuchaba correr al hombre de mi sueño persistente. Ese sonido, al igual que el zumbido de los tubos, estaba grabado a fuego en mi mente. Cuando el volumen de los pasos llegó a aproximadamente un 20% del original, su apariencia llegó de súbito a mi ojo mental, no lo recordaba hace mucho. Camisa a cuadros color sepia y mostaza, corbata marrón, pantalones caqui, ojos verdes grandes mirándome atentos, debajo de unas gafas ópticas de marco translúcido de plástico amarillado, casi carey; zapatos negros, con terraplén y suela altos, tez blancucha como la de un hikikomori, pelo alguna vez ordenado, limpio, y engominado; ahora seco y nevado. Su apariencia entera combinaba con la de este lugar en el que estaba sentado. Me levanto ya sin escuchar los pasos de este sujeto, y me acerco a una de las amarillentas murallas. Siento con mis yemas el papel decomural mal pegado, y las texturas que resalían tanto del mal trabajo hecho como de los patrones intrínsecos del material. Me agacho para observar con detención el guardapolvos; era de alguna madera que en algún momento fue fina, pero ya se consideraba barata y de mal gusto (me reservo la vaguedad ya que nunca fui un conocedor de terminaciones finas), sin embargo permanecía más o menos limpio, como si por estas habitaciones caminaran seres que no levantan polvo que debiese ser guardado. Luego de examinado el guardapolvos, me erguí y seguí el muro con una mano hasta llegar a su fin, sintiendo todas las texturas y tratando de identificar si podía distinguir los colores de la pintura falsa con tan solo mi tacto. Detrás del muro acariciado se extendía una habitación casi idéntica -salvo geometrías- a la que me encontraba antes. Al notar la similitud de ambas, me volteé con el fin de examinar la habitación que se encontraba detrás del muro opuesto. Al hacerlo, descubrí lo que parecía ser el marco de una ventana en la habitación detrás de mí. Tal vista incrementó mi curiosidad, por lo que me encaminé hacia su fuente. Al adentrarme en esta nueva habitación, caí en cuenta de que no era una ventana como tal la que interrumpía la monotonía del muro, sino un espejo extremadamente apagado. Tanto así, que sólo podía discernir en él mi silueta, con ningún detalle de mi cuerpo. Rodeé el marco con mis dedos tratando de saber si estaba colgado o pegado; caminé hasta el otro extremo -debe haber medido unos dos o tres metros de largo por uno de alto- para razonar finalmente que era parte de la estructura del muro. Golpeé con los nudillos el vidrio y el muro que lo sostenía, y sonaron huecos. De hecho los muros anteriores que sentí tenían ese frío característico del concreto, pero este muro parecía ser de material liviano. Por mi cabeza no pasó tratar de echarlo abajo, ni de abrirlo a patadas, ni incluso romper el vidrio; una sensación de incertidumbre me consumía. ¿Será que detrás de esto hay algo? ¿Será que al otro lado del vidrio hay alguien? Había visto programas en la televisión con esta clase de espejos y normalmente había gente detrás de ellos, pero mi intuición decía que gente no había, era un espacio tan vacío que no podía rondar otra alma. Traté de disimular mi miedo haciéndole una mueca al vidrio y me alejé con las manos detrás de la espalda.